GEORGE HARRISON ¿ MI DULCE SEÑOR ?

Por José de Segovia
El beatle silencioso, el más discreto y místico de los cuatro chicos de Liverpool que conmovieron el mundo, murió de cáncer a finales del 2001 en Los Ángeles. La avalancha de libros, programas y grabaciones no es en modo alguno comparable a la que sucedió a la muerte de su compañero John Lennon, pero empieza ahora a reconstruirse poco a poco su enigmática personalidad. Su figura permanece todavía en la sombra de las entrevistas, biografías y el resto de publicaciones sobre un grupo que ha marcado no sólo la música popular de nuestro tiempo, sino la identidad de varias generaciones de jóvenes.
Harrison tenía una educación católica, pero con los beatles descubre al guru Maharishi el año 67, cuando publican su álbum, Sgt. Pepper´s Lonely Hearts Club Band. Las historias de estos maestros orientales, que se decía que andaban sobre el agua, vivían cientos de años, con cuerpos que no eran más que materializaciones, fascinaron al grupo. Pero se desilusionaron después de una temporada en su ashram. Lennon de hecho le dedica una canción, llamándole Sádico sexual. Sin embargo el interés que Harrison siente por las religiones orientales no era algo pasajero. Será por eso Swami Prabhupada quien ocupe su lugar.
El fundador de Hare Krishna había llegado a Nueva York en los años veinte, pero se muda a San Francisco en los sesenta. Harrison le regala una mansión en Inglaterra y les apoya económicamente. Dos años después graba un mantra con el músico indio Ravi Shankar, que llega a ser todo un éxito popular, antes de su famoso Mi dulce Señor en el año 71, que acaba cantando hare krishnas entre aleluyas. Cuando fue recientemente asaltado en su casa con un arma blanca, dijo hare krishna, según declaró su atacante en el juicio. En los años noventa todavía canta para promover la meditación trascendental, y financia el Partido de la Ley Natural, la rama política de los seguidores de Maharishi. ¿Qué es lo que encontró Harrison en este misticismo oriental?.
“Si hay un Dios, quieres verle”, dice George en una de sus entrevistas. “No tiene sentido creer en algo sin pruebas”. Por eso practicaba la meditación oriental. El creía que “puedes realmente ver a Dios, oírle, tocar con él”. Pero “toda la actitud cristiana consiste en que creas lo que ellos creen”, pensaba George. Mientras que “en la India aprendí que no puedes creer en nada hasta que no hayas tenido una experiencia directa de ello”. La meta de Harrison era por eso descubrirlo perdiendo su individualidad en el puro ser, llegando al estado de pura conciencia por el camino de la meditación trascendental.
Pero hay otro camino que lleva a una relación con el Dios personal y trascendente, que se ha revelado en la Biblia. Esa meditación se basa en las Escrituras. Por ellas el Espíritu se manifiesta, pudiendo experimentar a Dios por medio de Jesucristo, que es el camino, la verdad y la vida. Para eso no hay que divinizar, ni despreciar el yo. Porque el mundo no es la realidad última, pero tampoco un mero espejismo. No hay que evadirse, sino enfrentarnos a quiénes somos por medio de esa cruz, que rompe la barrera que nos separa del Dios vivo, por el camino del perdón. Es así como encontramos el dulce Señor, en el que la paz y la justicia se besan.























